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Cuando funcionarios socialistas y sindicalistas marchan en dirección opuesta a la de las mayorías sociales

Cuando  funcionarios socialistas y sindicalistas marchan en dirección opuesta a la de las mayorías sociales
Enviado por mar el Vie, 14/01/2011 –
Escrito por Pepe Gutierrez Albarez

El tren del Estado social con el que se vendió la copla de la Transición está marchando hacia atrás, en sentido opuesto al que vendieron al temeroso pueblo trabajador… 

A mitad de los años setenta, un amigo que estaba muy por estos detalles, me contaba que las consultas de psiquiatría se habían visto desbordada por la irrupción de señores y señoras de la burguesía que estaban alarmadas por el aumento de un  “estrés” en sus vidas al que no estaban acostumbrados.

En muy poco tiempo el personal empleado desagradecido se le estaba revolviendo, los trabajadores le habían perdido el respeto y hasta el servicio se estaba haciendo imposible.

Para colmo, cuando iban al cine o sea paseaban por las librerías, cuando tropezaban con un acto público, las palabras que se encontraban era socialismo, huelga, revolución, etcétera.

Era aquella gente que  solía decir aquello de “estábamos confundiendo la libertad con el libertinaje”, y no fue la visión que recibió un ilustre republicano exiliado llamado Salvador de Madariaga –bien horrible tuvo que ser el franquismo para que tuvieran que exiliarse personajes tan conservadores-, que manifestó que si lo del franquismo era malo, aquel desorden podía ser mucho peor. 

Todo quedó en unos pocos años de fiebre alta, pero las aguas no tardaran el volver a su normalidad, y no pasó mucho tiempo sin que los obreros volvieran a comer de su mano, y que el servicio se mostrara agradecido como estaba mandado.

Entre un estado y otro recibieron la debida terapia médica, y algunas lecciones de política impartida por líderes reconocidos.

En especial una lección que les venía a asegurar aquello que –bien llevado- mientras más cambian las cosas, más siguen igual, así, por citar un ejemplo, ellos habían tenido que dar un paso atrás, reconocer a los sindicatos, el derecho de huelga y toda la mandanga, pero al final, dichos reconocimientos revirtieron en una mayor tranquilidad social por el módico precio de una burocracia sindical asociada a la clase política, y todo ello siguiendo las líneas maestras del modelo político-social norteamericano.

El mismo amigo americano que tanto contribuyó a la integración de la dictadura en el “mundo libre”, y que, en la segunda mitad de los sesenta, actuó como “padrino” de una restauración democrática que, entre otras cosas, permitiría que los señores y las señoras de las clases altas no tuvieran que andar de psiquiatras, al menos, no por la situación social o del país. 

Esta actuación fue coincidente con el  cambio de siglo que se estaba fraguando, o sea con la caída del “siglo soviético” (el del miedo a la revolución), y el ascenso del “siglo norteamericano” que, por cierto, también está entrando en una fase de capa caída.

El esquema de funcionamiento era relativamente sencillo, se reconocían una serie de libertades aunque con una serie de precondiciones básicas. Una era que no habría vacío de poder –del que era garante el heredero del trono vacío con la muerte de Franco I que no tenía sangre azul pero que era generalísimo del más temido de los ejércitos-, y que la oligarquía podría perpetuarse bajo la forma de una “derecha civilizada”.

La segunda era que toda la conflictividad social podía ser acusada de atentar contra la normalidad democrática, y si se pasaba del nuevo cuadro legal, podía ser acusada de querer regresar a la dictadura o a la guerra civil. El tercero era que las instituciones estaban por encima de cualquier autonomía ciudadana, y se constituía una nueva clase política, obviamente diferente a la anterior.

Ahora había que ser “adictos”, pero de una manera más elástica, había un partido único –como en la Restauración- pero con diferentes alas, y ahora, la represión se efectuaba bajo formas más inteligentes, por ejemplo, integrando a los disconformes.

Integrados quiere decir que tu sueldo está ligado a tu “libertad de opinión”.  Para militar en el PSOE y para escribir en la prensa, tú podías opinar lo que quisieras, pero ojo con salirte del guión.

Así se “cargaron”, no solamente a Julio Anguita, que tuvo el descaro de declarar que él no había firmado los pactos (que había firmado Carrillo cuando le regalaron un palco en el Teatro Real), sino incluso a Nicolas Redondo y a Josep Borrell, por querer ser socialdemócratas no solamente de palabra, que de palabra también el rey lo es. 

Es de esta manera que se formó toda una nueva clase política, y una nueva burocracia sindical, todos ellos integrados en el sistema. De ahí que los líderes sindicales llegaran a declarar que, en el orden institucional existente, los sindicatos podían tan importantes como la propia monarquía.

Habría que decir que lo serían siempre que no cuestionaran la monarquía. Sí se portaban bien, hasta podrían ser invitados en una de esas fiestas donde se fraguan buenos negocios como son los cumpleaños de su majestad, un evento por el que se dan codazos políticos, artistas, escritores, sindicalistas…

Los grandes de los negocios no tienen que darse codazos porque sin ellos, la fiesta ya no luce tanto. 

Todo este entramado funcionó absorbiendo a los últimos inconformistas, que finalmente comprendieron que esto fue lo único posible, y que más allá estaba el Finis Térrea de las aventuras utópicas…

Les había hecho creer que no había otro lugar a done ir, a la derecha no había que hablar, y un buen socialista o excomunista, podía argumentar que por esta senda la normalidad institucional había llegado a la meta soñada del aburrimiento.

Ya no habían rudos de sables, ni agitaciones franquistas nostálgicas, el ejército se dedicaba a “intervenciones humanitarias”.

Habían las luchas políticas propias del sistema, el espectáculo debía de continuar, los de la derecha no solamente quieren dominar, también quieren gestionar, tienen grandes trenes de ida que mantener, y la izquierda ya se sabe, si no somos nosotros serán ellos, y dentro de lo cabe, pues se dan métodos diferentes, hasta se hicieron considerables reformas, al menos a escala municipal, y al menos hasta finales de los noventa, que luego, ya nada fue igual.

Entre la revolución y el franquismo, aparecía la tierra prometida de Europa identificada desde la envidia provinciana educada en las últimas décadas del franquismo, viendo como allí sí.

En Europa estaba el Estado social que no te dejaba tirado como un perro cuando te quedabas en paro o enfermabas, las mujeres eran mucho más respetadas, tenían las libertades que aquí tanto añorábamos desde el acuciante provincianismo entrevisto en las películas de Bardem o Berlanga. 

Pero la historia es extraña, cuando cogíamos ese tren la dirección estaba dejando de ser la de antes. El “Estado social” se está convirtiendo en algo muy distinto, ya no es como antes, que estaba para “integrar” a un movimiento obrero que podía bascular hacia la revolución.

No, ahora el “Estado social” se ha convertido en un objetivo de los Bancos y de la patronal para sus propias necesidades “sociales” (ustedes ni se imaginan las obras de caridad que hacen los Bancos, casi tantas como la Iglesia), y en un obstáculo para la competitividad porque, como ya sabían los señores de antes, parece que fue ayer que el diario francés El Temps, escribía:

“Es muy importante que los fabricantes de Lyon no olviden nunca que el bajo precio de la mano de obra no sólo es ventajosa por sí mismo, sino también porque hace al obrero más laborioso, más ordenado en sus costumbres, más sumiso a la voluntad de los patronos”. 

Estaban en 1828, pero parece que lo haya firmado Díaz Ferran, el “padrino” de la CEOE, aunque el nuevo “padrino” declaró no hace mucho que los derechos sociales de los vietnamitas cabían en un papel…no pararán hasta que ese papel esté en blanco. 

Pero ahora que el tren van en dirección opuesta a la del “desarrollo del Estado del Bienestar” con que se puso música a la narración del “happy end” de la Transición, ¿se van a bajar los compañeros socialistas y sindicalistas cuando sus sectores de su élite ya se codeaban con los señores de los vagones de primera?

Me extraña que se extrañen los amigos y amigas que han visto como a Zapatero y toda la cohorte no les ha temblado el pulso a aplicar unas medias políticas al servicio del Estado al que sirven.

Aparte de las leyes oligárquicas de los grandes partidos, de las tesis de Robert Michels sobre Los partidos políticos, y de todo eso, hay otras cosas más. Estos señores han ligado su vida social y profesional, sus vínculos, con este régimen, y desde luego, no saben de otro.

Tampoco les caliente la cabeza con los desastres de las “guerras humanitarias”, ni con los desastres medio ambientales, Zapatero te dirá que él dispuso que el documental de Al Gore se distribuyera por las escuelas, con lo que quedó divinamente con un señor que fue el más casi presidente de los Estados Unidos de todos los casi.

Los socialistas y sindicalistas que conozco no tienen, ellos, personalmente, el menor problema con el “Estado social”, ninguno.

Lo del “Bienestar” ha funcionado plenamente para los políticos profesionales y los sindicalistas de oficio. 

El PSOE puede perder elecciones, pero siempre les quedará la idea de que los que le relevan pueden darse un nuevo batacazo en la siguiente, y ellos siguen teniendo la marca registrada, su lugar en el mundo de los negocios, de los medias, sus conexiones. 

Sus modelos de triunfadores son tipos como Felipe González o José Mª Fidalgo, que hicieron cuatro cosas al final del franquismo, y han hecho sendas carreras, representativas de toda una generación para la que “vivir bien”  ha pasado siete mil leguas por delante de cualquier consideración ética o social. 

Los sindicatos se pueden suicidar, pero los que lo han dirigido en las últimas fases, tienen la vida (y las pensiones) asegurada.

No se bajarán del carro, disputaran porque algo tendrán que hacer, hasta es posible que desarrollen alguna forma de protesta, y ahí está, por citar un ejemplo, los “camaradas” del Partit Comunista de Catalunya.

Sí te cae en las manos algunas de sus revistas o folletos, parece que braman contra las medidas del gobierno, que están radicalmente en contra del neoliberalismo, pero por debajo de las viejas canciones subyace la resignación.

Tampoco tienen dónde ir, hablan de Cuba, o de Corea del Norte, incluso de China, pero ellos tienen también un aparato que mantener. Han aprendido que una cosa es el programa máximo y otra el programa mínimo, el máximo aparece los días de fiesta, Lenin, el Che,  etcétera.

El mínimo es el que les lleva a pelear por un puesto de portera en la Diputación o por recibir subvención para su Fundació Pere Ardiaca. Y sí te lo encuentras en comisiones, no tengas la menor duda, salvo excepción, te lo encontrarás con los “compañeros” del aparato. 

Escribo todo esto con un sabor amargo. A uno le gustaría que el PCE evolucionara al menos como el francés -¡que ha viajado lo suyo!-, que nuestros sindicalistas no se limitaran a negociar lo que cae de la mesa y fueran al menos como los franceses de CGT, que emergiera una izquierda socialista, y que parte de esa intelectualidad que se da de coces por acompañar a Zapatero en sus viajes, o de tener una página blindada en El País, estuvieran por lo que dicen que está. Pero es más que dudoso.

Citemos un ejemplo, últimamente, algunos intelectuales como Josep Ramoneda o Antonio Muñoz Molina, y el propio diario PRISA, están reivindicando la figura de Tony Judt, el historiador británico que antes de morir proclamó que “todo va mal”, y que abogaba por las recetas de la socialdemocracia clásica.

Vale, se puede hablar, pero el asunto es que se está caminando como los cangrejos, y los poderes establecidos no están dispuestos a negociar nada que sean más y más derrota.

La socialdemocracia que idealiza Judt se hizo en una fase histórica en la que el “Estado del Bienestar” aparecía como un “mal menor” para los poderosos, como un medio de integración.

En Suecia hubo huelgas generales, y los socialistas eran tan enérgicos como lo fue –por última vez- Felipe González en la moción de censura contra Adolfo Suárez, las juventudes socialistas desbordaban a sus partidos que tenían poderosas alas izquierdas.

O sea todo aquello se construyó con todas sus trapas, mediante una enorme movilización social. Sin embargo,  a mi estos críticos me recuerdan un chiste del Perich en la que aparecía un señor que lo criticaba todo lo que le agredía, pero al final decía, “¡Pero a lo que tengo más miedo es a que todo cambie!” 

Todo cambiará aunque no hoy ni mañana. Está cambiando día a día la situación, y se están moviendo las conciencias como una hierba que se ve crecer.

Todavía parece que no se puede apelar a huelgas generales sin contar con el entramado de relaciones sociales, de memoria e imaginario creadas desde los sindicatos sistémicos, por lo que es bastante posible que, dado que temen a las huelgas más que al pecado, se avengan a negociar más derrotas en nombre de unas contrapartidas como las que nunca se vieron de los Pacos de la Moncloa.

El camino se a hacer mucho más cuesta arriba, pero lo que me parece fuera de duda es que el camino se ha empezado ya andar. 

Ese camino tiene un punto de partida que es el de la desconfianza radical, el siguiente es el de saber explicarla a la gente que todavía no se ha dado cuenta de a dónde les está llevando el tren de la Transición

14 enero, 2011 - Posted by | ARTÍCULOS de OPINIÓN, POLITICA

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