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La revolución árabe, a debate

La revolución árabe, a debate

EL PAÍS organiza un debate abierto al público para intentar explicar el momento histórico que vive la zona

EL PAÍS – Madrid – 05/02/2011

¿Qué está pasando en el mundo árabe? ¿Cómo interpretar lo que está sucediendo en Egipto, Yemen o Túnez? Los ciudadanos exigen cambios, democracia y mejores condiciones de vida en los países del norte de África. Para intentar explicar el momento histórico que vive la zona, EL PAÍS organiza el debate abierto al público “La revolución árabe”.

Tendrá lugar el martes 8 de febrero, a las 20.00 en el CaixaForum de Madrid (Paseo del Prado, 36), y contará con la participación de Gema Martín Muñoz, directora de Casa Árabe, Mehdi Cherifi, traductor de la Cámara de Diputados de Túnez, Mourad Zarrouk, profesor de estudios árabes de la Universidad Autónoma de Madrid, El Houssine Majdoubi, corresponsal de España del diario Al Qods al Arabi, eIgnacio Cembrero, periodista de EL PAÍS. El acto estará moderado por el periodista Javier Valenzuela.

La entrada es libre hasta completar el aforo. El debate se podrá seguir por Twitter con el hashtag #debatearabe.

Más de un mes de revueltas

Desde que el 17 de diciembre un joven tunecino en paro se prendiera fuego en señal de protesta por haberle sido arrebatado su carro de venta de verduras, una ola de revueltas está sacudiendo el mundo árabe. Su personal acto de condena le convirtió en un mártir y un modelo. La situación de pobreza y desempleo y la ausencia de libertades básicas que vivía es compartida por buena parte de la población del Magreb y Oriente Próximo. Pronto otros siguieron su ejemplo en su país, y la onda expansiva del malestar y fue alcanzando poco a poco a otros países de la región.

En Túnez, las movilización ciudadana que se fue gestando durante semanas acabaron el 14 de enero con la dictadura de Zine el Abidine Ben Ali, después de 23 años en el poder. El éxito de los tunecinos animó a los ciudadanos de Egipto, que llevan desde el 25 de enero exigiendo a su dictador particular (29 años como presidente), Hosni Mubarak, que se vaya.

El presidente de Yemen ha anunciado que no volverá a presentarse a la reelección y que pondrá en marcha las reformas que le pide su pueblo. En MarruecosJordaniaSiriaalgunos empiezan a mostrar su malestar, cada país a su manera ycon sus particularidades, mientras Occidente observa perplejo y trata de comprender el nuevo mapa político y social que está naciendo en la zona.

¿Dónde han ido a parar los islamistas?

OLIVIER ROY 05/02/2011

La novedosa peculiaridad de la primera revolución popular pacífica capaz de derrocar una dictadura en el mundo árabe ha consistido en que no ha tenido nada que ver con el islamismo.

La nueva generación árabe no está motivada por la religión, sino por conseguir la democracia

El joven vendedor ambulante tunecino que desencadenó la revuelta al quemarse en público nos recuerda a los monjes budistas vietnamitas en 1963 o a Jan Palach en Checoslovaquia en 1969, unos actos de naturaleza precisamente opuesta a la de las bombas suicidas que son la marca registrada del actual terrorismo islámico.

Incluso en este acto sacrificial no ha habido nada de religioso: ningún turbante verde o negro, ninguna túnica blanca, nada de ¡Alá Akbar!, nada de llamamientos a la yihad. Se ha tratado, por el contrario, de una protesta individual, desesperada y absoluta, sin una palabra sobre el paraíso o la salvación. En este caso el suicidio era el último acto de libertad dirigido a avergonzar al dictador y a instar a la gente a reaccionar. Era un llamamiento a la vida, no a la muerte.

En las sucesivas manifestaciones en las calles, no se invocó un Estado islamista, ni los manifestantes se pusieron sudarios blancos frente a las bayonetas, como en Teherán en 1978. Ninguna referencia a la sharía ni a la ley islámica. Y, lo más sorprendente, ningún “¡abajo el imperialismo de Estados Unidos!”.

El odiado régimen era percibido como indígena, como el resultado del miedo y de la pasividad, y no como la marioneta del neocolonialismo francés o norteamericano, a pesar del refrendo que había obtenido por parte de la élite política francesa.

En vez de ello, los manifestantes pedían libertad, democracia y elecciones con pluralidad de partidos. Dicho sencillamente, querían verse libres de la cleptocrática familia gobernante (“¡dégage!”, o sea “¡despeja!”, ha sido la popular expresión francesa utilizada como consigna).

En esta sociedad musulmana nada se ha puesto de manifiesto acerca de “un excepcionalismo islámico”. Y, al final, cuando los líderes islamistas reales han vuelto de su exilio en Occidente (sí, estaban en Occidente, no en Afganistán ni en Arabia Saudí) estos, como Rachid Ghanuchi, han hablado de elecciones, Gobierno de coalición y de estabilidad, al tiempo que mantenían un bajo perfil.

¿Han desaparecido los islamistas?

No. Pero, al menos en África del Norte, muchos de ellos se han convertido en demócratas. Es verdad que grupos marginales han seguido la senda de una yihad global y nómada, y que vagabundean por el Sahel en busca de rehenes, pero no cuentan con el apoyo real de la población. Esa es la razón por la que se han ido al desierto.

Sin embargo, esos salteadores de caminos siguen estando considerados por los Gobiernos occidentales como una amenaza estratégica que dificulta el diseño de una política a largo plazo. Otros islamistas sencillamente han dejado la política y se han encerrado en casa para seguir un piadoso y conservador, aunque apolítico, estilo de vida. Al igual que a sus mujeres, le han puesto un burka a sus vidas.

Pero el grueso de los antiguos islamistas ha llegado a la misma conclusión que la generación que fundó el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en Turquía: no hay tercera vía entre democracia y dictadura. Solamente hay dictadura y democracia.

Este reconocimiento del fracaso del islam político ha coincidido con el talante de esa nueva generación de manifestantes en Túnez. La nueva generación árabe no está motivada por la religión o la ideología, sino por la aspiración a una transición pacífica hacia un Gobierno decente, democrático y “normal”. Tan solo quieren ser como los demás.

La revuelta tunecina ayuda a aclarar una realidad respecto del mundo árabe: el terrorismo que hemos contemplado estos últimos años, que es un milenarismo utópico, no proviene de las sociedades reales de Oriente Próximo. Es mucho más fácil encontrar radicales islámicos en Occidente que en estos países.

Naturalmente, el cuadro difiere entre un país y otro. La generación posislamista es más visible en el norte de África que en Egipto o Yemen, por no hablar de Pakistán, que es un país que se derrumba. Pero en todo el Oriente Próximo árabe, la generación que está liderando la protesta contra la dictadura no tiene un carácter islámico.

Eso no quiere decir que no queden grandes desafíos a los que enfrentarse. De hecho, son muchos: cómo encontrar líderes políticos que puedan estar a la altura de las expectativas populares; cómo evitar los escollos de la anarquía; cómo reconstruir los vínculos políticos y sociales que han sido deliberadamente destruidos por los regímenes dictatoriales y reconstruir una sociedad civil.

Pero hay al menos una cuestión inmediatamente suscitada por la revolución tunecina.

¿Por qué sigue apoyando Occidente a la mayoría de las dictaduras de Oriente Próximo incluso cuando esta oleada democrática agita la región? En el pasado, por supuesto, la respuesta ha sido que Occidente ha visto en los regímenes autoritarios el mejor baluarte contra el islamismo.

Esa fue la razón oculta de su apoyo a la cancelación de las elecciones de Argelia en 1990, de que se hiciera la vista gorda con el tinglado de las elecciones egipcias y de que se ignorara lo que los palestinos eligieron en Gaza.

A la luz de la experiencia tunecina ese planteamiento tiene que volver a ser evaluado. En primer lugar, porque esos regímenes ya no constituyen un baluarte fiable. Podrían simplemente desmoronarse en cualquier momento. En segundo lugar, ¿contra qué son un baluarte si la nueva generación es posislamista y prodemocrática?

Del mismo modo que Túnez ha supuesto un momento decisivo para el mundo árabe tiene también que suponer un momento decisivo en la política occidental respecto a la región. La realpolitik de hoy significa apoyar la democratización de Oriente Próximo.

Olivier Roy, profesor en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, es autor de Holy IgnoranceThe Failure of Political Islam. Traducción de Juan Ramón Azaola.

FRANCISCO G. BASTERRA

Pánico estratégico

FRANCISCO G. BASTERRA 05/02/2011

Todavía no sabemos si la temida policía secreta Mujarabat está quemando los ficheros de la tortura y la represión, institucionalizadas en el Egipto de Mubarak, como hizo la PIDE portuguesa en la Revolución de los Claveles en las últimas horas. La destrucción de las huellas del crimen junto con el avión presidencial listo en la pista para despegar son las señales definitivas de la caída de una dictadura. Más la decisión de la Casa Blanca.

Obama ya ha transmitido al palacio de Heliópolis la urgencia de la salida del poder del último faraón, ya casi momia. El aliado estratégico, que ha protegido los intereses de EE UU durante 30 años, cuidando a Israel y bloqueando al islamismo.

Ha cumplido con creces. Pero ahora, para seguir manteniendo, de otra forma, el orden norteamericano en Oriente Próximo, preservar las fuentes de petróleo en Arabia Saudí, y poder enfrentar el ascenso regional de Irán, el rais debe saltar. “Quizás sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Esta frase atribuida al presidente demócrata Franklin D. Roosevelt y referida al dictador Somoza, padre, en Nicaragua, explica los últimos recelos de Washington para sacar el tapón y dar paso a una nueva época en Oriente Próximo.

La estabilidad a cualquier precio, incluida la democracia, sea para contener el comunismo o el islamismo, conduce a la misma inestabilidad que se pretende evitar. Mubarak ha dejado de ser el son of a bitch de Washington.

Ya no es “nuestro”. La hoja de ruta de la “transición ordenada” estaba en los cables de Wikileaks. Ya preveían que Omar Suleimán, “por ser militar, estaba en cualquier escenario de la sucesión de Mubarak como figura de transición”, y consideraban “improbable la toma del poder por los Hermanos Musulmanes en el periodo inmediatamente posterior al rais”.

Obama no quiere ser como Carter, que perdió Irán dejando caer al sah Reza Pahlevi

Asistimos a la revolución en directo gracias a la televisión, Al Yazira sobre todo, que la está mostrando al mundo árabe, como lo hizo en su día la radio La voz de los árabes, de Nasser, a los SMS y a las redes sociales, que ya han dejado de ser únicamente juguetes del mundo rico.

Una rebelión, más social y económica que política. El tsunami,nacido de la pobreza, el paro, del ansia de dignidad, la necesidad de respeto exigida por los jóvenes árabes y las clases medias y profesionales, de la falta de alternativas vitales.

La imperiosa necesidad de sacudirse el sentimiento de estancamiento, fracaso y frustración que ha aplastado durante decenios a las sociedades árabes. Como ha escrito Anthony Sadid en The New York Times, “por primera vez en una generación, no es la religión, ni la aventura de un líder único, ni las guerras contra Israel, lo que ha puesto las pilas a una región, sino el deseo visceral de una vida decente”.

Obama ha sentido pánico estratégico ante un posible desmoronamiento del orden norteamericano en el arco de crisis del gran Oriente Próximo.

¿Imaginan lo que supondría el cierre del canal de Suez para Europa? España recibe entre el 10% y el 15% del gas que importa a través de barcos que cruzan el canal. Obama piensa en Israel cercado; en Irán, la caída del sah y su sustitución por una dictadura islámica que impuso, con mucha sangre, una teocracia fundamentalista que pretende exportar su revolución.

Vé a Hezbolá en Líbano y a Hamás en Gaza. No quiere ser otro Carter, que “perdió” Irán dejando caer a Reza Pahlevi, y a la Nicaragua de Somoza. Pero está haciendo en Egipto lo mismo que hizo en Teherán en 1979 su antecesor. El embajador norteamericano, Sullivan, acude a palacio el 6 de enero para comunicar al sah la exigencia de una retirada inmediata.

-Sí, pero dónde voy a ir -responde sumiso el rey de reyes.

-¿Qué le parece su mansión de Suiza?

-¡No! La seguridad no es satisfactoria. Bueno también tenemos una casa en Inglaterra, pero el tiempo es tan malo…

-¿Querría usted que me encargara de obtener una invitación para ir a EE UU?

El sah se echa hacia adelante y dice: ¿Ustedes lo quieren?

(Mission to Iran, W. H. Sullivan)

El 16 de enero, Reza Pahlevi abandonaba Irán, temporalmente por motivos de salud, tenía cáncer al igual que Mubarak, y era recibido en Egipto por Sadat.

La hoja de ruta que pretende seguir EE UU en El Cairo: provocar el cambio desde la actual Constitución, algo así como lo que se hizo en la transición española después de Franco, “desde la ley a la ley”, es compleja y arriesgada. El futuro no está escrito. Si Occidente quiere que haya democracia en Egipto debe aceptar a los islamistas como parte de la democracia. Como escribe el analista Shibley Telhami: “EE UU puede obligar a barajar cartas, pero no puede decidir dónde caen las bazas”.

fgbasterra@gmail.com

Dos de cada tres árabes envidian el modelo democrático de Turquía

J. C. SANZ – Madrid – 05/02/2011

Las telenovelas y las series de televisión turcas encandilan a los árabes, que sueñan con la cosmopolita Estambul como destino favorito para un viaje de bodas. Pero el mundo árabe también envidia el progreso económico y las libertades de los turcos. Dos de cada tres ciudadanos de ocho países de Oriente Próximo consideran que Turquía es el modelo político para la región y el que mejor compatibiliza el islam con la democracia.

Una encuesta que acaba de ser presentada en Ankara por la Fundación Turca de Estudios Económicos y Sociales (http://www.tesev.org.tr) muestra que el 66% de los habitantes de Egipto, Jordania, Líbano, Siria, Irán, Irak y los territorios palestinos ve favorablemente a Turquía como sistema político de referencia para la región, y una proporción similar la considera “la mejor síntesis de democracia y religión musulmana”.

Entre las 2.267 personas consultadas en la encuesta, elaborada entre agosto y septiembre de 2010, la tradición islámica de Turquía es el factor más destacado en un 15% de los casos, seguido por la pujanza económica (12%), su sistema democrático (11%) y su actitud en el conflicto palestino-israelí (10%), por citar las cuatro respuestas con mayor porcentaje.

Para el 12% de los encuestados que rechazan el modelo turco en la región, las principales razones son su Constitución laica (12% de este grupo), su escasa identidad islámica (11%), sus estrechas relaciones con Occidente (10%) o, simplemente, porque Oriente Próximo no precisa de modelo alguno (8%).

En realidad, Turquía es la única democracia efectiva en la región y un solitario modelo de referencia. La formidable alternancia que supuso en 2002 la llegada al poder del Partido de la Justicia y el Desarrollo (islamista moderado) marca el ascenso del prestigio turco en el mundo árabe, donde un 78% de sus ciudadanos cree que Ankara debe incrementar su influencia política y económica.

La desafiante actitud del primer ministro Recep Tayyip Erdogan ante Israel, en el Foro de Davos en 2009 y tras el asalto a la flotilla de Gaza en 2010, ha convertido además al gobernante turco en un campeón de la calle árabe, que ahora bulle en una ola de cambio tras la revolución popular de Túnez.

La ‘vacuna’ sectaria protege a Líbano de las revueltas

La división del país entre 18 confesiones religiosas dificulta cualquier movimiento de protesta unitaria

ANA CARBAJOSA | Enviada especial a Trípoli 05/02/2011

En Líbano también se han vivido las ya célebres jornadas de la ira. Grupos de jóvenes suníes salieron a la calle en varias ciudades del país, quemaron neumáticos y se enfrentaron a las fuerzas de seguridad. No lo hicieron como en Egipto, con intención de derrocar a ningún régimen dinástico, ni para quejarse de que sus gobernantes les roban el pan.

Lo hicieron para protestar contra los chiíes que dicen, acumulan poder con Hezbolá a la cabeza y han impuesto a su candidato al frente del Gobierno.

Es la histórica lucha intersectaria la que hace que Líbano no figure de momento entre los países árabes susceptibles de seguir la estela de Túnez y de Egipto, sostienen diversos analistas. El abismo que separa a buena parte de las 18 sectas oficiales libanesas, impide que formen frente común para protestar juntos en contra de nada, añaden.

“Los libaneses tenemos un antibiótico natural: el sectarismo político. Si un grupo sale a la calle a protestar, el contrario, por definición nunca se sumará a la protesta”, sostiene Mazen Muhamad, un carismático líder religioso de Trípoli, en el norte del país.

“Además, las protestas necesitan líderes que piensen en el interés nacional y eso es imposible en Líbano”, añade Muhamad sentado al fresco en una calle de una paupérrima barriada suní de Trípoli. Bab al Tabbane, como se llama este barrio, es la cantera habitual de los jóvenes que protagonizan los disturbios más violentos y que acostumbran a acabar a tiros y con muertos de por medio.

La tensión política y el miedo a un nuevo enfrentamiento entre grupos confesionales recorre de nuevo Líbano, tras la designación de Najib Mikati como primer ministro, en sustitución de Saad Hariri. A pesar de que ambos son suníes, el primero cuenta con el respaldo del bloque chií, lo que ha provocado el boicot por parte de Hariri y de sus aliados.

Khodor Talib, analista del diario As Safir, apunta que aparte de la cuestión sectaria, otra de las diferencias es que en Líbano no hay un presidente “que se eternice en el poder”. “Esto no es Túnez, aquí hay democracia”.

No piensa lo mismo Khaled Daher, parlamentario de del Movimiento Futuro, y uno de los tres políticos que convocó la “jornada de la ira” la semana pasada. “Aquí no hay democracia, aquí hay un régimen que respaldan Irán y Siria”, sostiene en alusión al creciente poderío de Hezbolá. Daher dice no tener miedo a que las protestas suníes que él convoca terminen por contagiarse del estallido popular que recorre el mundo árabe. De momento tiene sus esperanzas puestas en el próximo 14 de febrero, día del aniversario del asesinato de Rafiq Hariri en el que está prevista una marcha multitudinaria. La guerra de Daher, como la de muchos libaneses es de momento, otra

 

6 febrero, 2011 - Posted by | ARTÍCULOS de OPINIÓN, egipto, INTERNACIONAL, revueltas islam | , ,

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