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Por primera vez los jóvenes creen que su vida será peor que la de sus padres

Por primera vez los jóvenes creen que su vida será peor que la de sus padres

La percepción del futuro está claramente marcada por la crisis actual | El 54% dice no tener proyecto alguno por el que sentirse ilusionado

Vida | 22/02/2011 – 01:33h

  • Los jóvenes españoles, que forman parte de la generación más preparada de todos los tiempos, la primera que vive en un mundo (al menos, el europeo) en el que impera la democracia, y la primera que ha vivido de manera mayoritaria en la abundancia es también la primera que asume que sus condiciones de vida futuras no serán mejores que la de sus progenitores.
  • Algo sorprendente si se presupone que uno de los principales motores del desarrollo social es precisamente el esfuerzo de las generaciones por superar a sus predecesores.
  • Pese a ello, se muestran mayoritariamente de acuerdo en que las condiciones de vida han mejorado.
  • Al menos esto es lo que se desprende de los últimos trabajos realizados por sociólogos y antropólogos sociales, confirmadas por encuestas sobre perspectivas de futuro de la también llamada generación internet.

Gran parte de este convencimiento tiene sus raíces en las cifras del paro, que golpean duramente a la población juvenil desde hace años y que, en los últimos tiempos, se han convertido en una losa para los jóvenes españoles.

Según los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), en el último trimestre del 2010, la tasa de paro afectaba ya a casi el 33% de los jóvenes, porcentaje que esconde un desempleo aún mayor ya que la EPA evalúa la población de entre 16 y 29 años y, en la primera franja, una buena parte aún está estudiando.

Esta realidad –el azote del desempleo– condiciona el discurso de la población juvenil y su percepción del futuro, señala Eusebio Megías, director técnico de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), entidad con una amplia trayectoria de investigaciones sobre la juventud.

Sin embargo, Megías cree que, al margen de la situación económica, la valoración de que su futuro será peor que el de sus padres va más allá de lo económico: los jóvenes creen que el bienestar y la calidad de vida, asociada a conceptos como el disfrute del tiempo libre, la salud, el mantenimiento de relaciones saludables, empeorarán “porque las necesidades económicas se harán más exigentes”.

Es imposible, según los estudios de la FAD, separar de la percepción de los jóvenes el contexto de crisis en el que está sumido gran parte del mundo. Pero, sea como fuere, el mensaje de que el futuro será peor ha calado y se proyecta más allá del fin de este ciclo económico bajista. Así, casi la mitad de los jóvenes españoles declara su falta de confianza en un futuro prometedor y más de uno de cada tres considera que “por muchos esfuerzos que uno haga en la vida nunca se consigue lo que se desea”, según el sociólogo Juan María González-Anleo en la investigación Jóvenes Españoles 2010 (Fundación SM). En esta línea, más del 62% de la población juvenil se declara de acuerdo con la frase “la crisis económica actual tendrá un impacto muy negativo en mi futuro profesional y personal”.

El grupo de sociólogos que trabajó en este informe cruzó los datos obtenidos de sus encuestas (más de 3.000 cuestionarios) con los del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y del Eurobarómetro.

De este trabajo se vislumbra que los jóvenes españoles de hoy se sienten más derrotados por las circunstancias que rebeldes, algo que para muchos expertos es símbolo de conformismo (una encuesta de Metroscopia señala que el 54% de los jóvenes dice no tener proyecto alguno por el que sentirse especialmente ilusionado).

Sin embargo, otros creen que es pronto para hablar de conformismo, pues esta generación está estableciendo nuevas maneras de estar en la sociedad, interrelacionarse e incluso de establecer sus nuevas prioridades vitales, que no tienen por qué coincidir con las de sus mayores.

El futuro se vislumbra con muchas sombras, todo a causa del desempleo y, lo que a veces es peor, los trabajos precarios, con bajos salarios y escasas garantías de seguridad.

El riesgo de que esta situación se prolongue es la exclusión social, según revelan los trabajos del Grupo de Estudios sobre Tendencias Sociales (GETS) de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED, máxime cuando la falta de trabajo o el trabajo precario son la principal puerta para quedarse al margen de un sistema social basado en la producción.

El trabajo constituye el eje central donde gira parte de la vida social de un país, “es el punto clave para la paz social, la integración personal y social del ciudadano y para la evolución de un pueblo”, señala el sociólogo Manuel Marín Sánchez.

En este contexto, el catedrático de Sociología José Félix Tezanos advierte de que, si el grupo de excluidos se ampliara y llegara a alcanzar a una parte de los que ahora están integrados en la sociedad, el riesgo de conflicto y de tensiones crecería de manera exponencial, como han puesto de manifiesto las protestas de los ciudadanos, sobre todo, los jóvenes, de países árabes.

Sin embargo, la posibilidad de conflicto parece remota en España, sobre todo porque las familias siguen ejerciendo el papel de apoyo. Y porque, quizá, los jóvenes están sopesando otro mundo distinto al heredado.

¿Se romperá la cuerda?

La crisis pone a prueba la capacidad de las familias para tratar de compensar las dificultades de los jóvenes

Vida | 22/02/2011 – 01:38h

Como en otros países del sur de Europa, en España la permanencia de los hijos –veinteañeros y treintañeros– en el hogar paterno ha servido de mecanismo de ayuda intergeneracional, de apoyo tanto económico como de cuidados.

La crisis no ha hecho más que reforzar este modelo, que trata de compensar las dificultades para tener un trabajo estable, las carencias del mercado inmobiliario, la ausencia de políticas públicas destinadas al colectivo juvenil y, al tiempo, se beneficia de una mayor permisividad en las reglas de convivencia entre padres e hijos.

La difícil coyuntura económica aprieta todavía más las clavijas del sistema y pone en duda el margen de resistencia que queda para una considerable parte de las familias, que siguen dando amparo a unos vástagos que en teoría podían haber iniciado la vida por su cuenta hace años.

La precariedad laboral y el paro, que tan duramente está afectando a los jóvenes, se han convertido en una barrera cada vez más alta para abandonar el nido familiar.

Y un motivo más que fundado para que parte de los que se habían aventurado a vivir por su cuenta hayan tenido que regresar a casa de los padres. “Los jóvenes se han resistido más allá de lo previsible a retornar a casa.

El regreso se está produciendo desde hace más de un año y quienes están volviendo son fundamentalmente los chicos”, explicó a finales del 2010 el director del Observatorio de la Juventud, Julio Camacho.

Los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) indican que entre los jóvenes de 16 a 29 años la tasa de emancipación fue del 26,9% –es decir, más de siete de cada diez siguen viviendo con su familia–.

En el tercer trimestre del 2008, después de una subida sostenida de varios años, la tasa de emancipación había llegado a rozar el 30%.

Aunque no sólo se trata de una cuestión coyuntural. Autores como el sociólogo José Félix Tezanos insiste desde hace tiempo en que la institución familiar empieza a estar “sobrepresionada por las exigencias de cumplimiento de nuevas tareas compensatorias”.

Tezanos resalta además el peso de la edad cronológica: el retraso continuado de los sucesos que marcan el paso de la juventud a la vida adulta (emancipación, formación de una pareja, maternidad/paternidad) hace que una parte importante de los hijos demanden ayuda a unos padres cada vez mayores.

Algunos de los cuales están al borde de la jubilación y, por tanto, se hallan obligados a contribuir al sostenimiento de sus hijos con unos recursos mucho más limitados, como suele conllevar una pensión.

Y es que este retraso en la llegada efectiva a la vida adulta resulta palmario.

Según un estudio realizado por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), en colaboración con la Universidad Estatal de Campinas (Brasil), el proceso de entrar en el mundo laboral, abandonar el domicilio familiar y formar una familia propia se ha retrasado entre los españoles nada menos que seis años desde 1981 al 2001 (fecha en la que se realizó el último censo).

Así, a comienzos de los años ochenta, todas estas etapas se cumplían a los 22 años en las mujeres y los 24 en los hombres. En el 2001, en cambio, ya alcanzaban los 28 y 30 años, respectivamente.

En todo caso, como señala Marco Albertini, uno de los autores de la monografía del Injuve Juventud y familia desde una perspectiva comparada europea, no es que en los países de la Europa del norte los padres no den apoyo económico o de otro tipo a sus hijos cuando son jóvenes, sino que –a diferencia de España– estas ayudas familiares están destinadas a fomentar el abandono del hogar de los progenitores.

 

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22 febrero, 2011 - Posted by | ARTÍCULOS de OPINIÓN, CRISIS | , ,

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