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¿Votar o botarlos?

¿Votar o botarlos?

El debate “Crisis, oportunidad y reorganización política” no deja de sorprender pues, salvo honrosas excepciones, la mayor parte de los artículos vienen a plantear la estrategia electoral como eje fundamental de programas más o menos revolucionarios. En plena crisis de legitimidad de la democracia representativa resulta desalentador comprobar cómo una vez más la opción electoral es reivindicada cómo un camino plausible desde el antagonismo.
GONZALO PALOMO GUIJARRO / Militante libertario
Martes 8 de marzo de 2011.  Número 145

Ilustración: Isa.

Los últimos 140 años de electoralismo obrero han demostrado sobradamente la incompatibilidad de las urnas, no ya con la revolución, sino incluso con la resolución de los problemas más acuciantes de la vida cotidiana.

Por lo tanto, la preocupación no es sólo por perder esfuerzos en la construcción de la utopía ‘desde abajo y afuera’ sino también, y sobre todo, por el desconcierto del que piensa que todo está claro: las urnas no sirven ni apenas para unas pocas reformas.

¿Recuperación o revolución?

Este final de década no sabemos si será determinante para la historia. Por lo pronto nos ha trastocado muchos planes. Quiero decir: 2007, crisis financiera; 2008, crisis económica; 2009, crisis humana.

¿Y después? ¿La revolución?

Esta secuencia de acontecimientos establecida por Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial (El País, 24/05/09) podría haber sido debatida en la conferencia inaugural del IX Encuentro Financiero Internacional celebrado en Madrid a primeros de julio de 2009 y cuyo título nada eufemístico encabeza este párrafo.

No son los paladines de la izquierda quienes agitan el fantasma del comunismo sobre Europa, sino los mandamases y columnistas normalmente conservadores. La socialdemocracia hace tiempo dejó de creer en fantasmas y leído lo leído sobre la I Conferencia Republicana del 27 de noviembre, la otra izquierda parlamentaria no sabe muy bien si sus fantasmas son burgueses u obreros.

De manera paralela ‘la gente’ –supersticiosa como ella sola, no digamos ya la plebe– comenzó a desconfiar de estos charlatanes tan científicos, tan doctos, tan clarividentes hace ya tiempo.

Abstención del 42% en las elecciones europeas de junio de 2009. Una cifra tan alta nunca había sido vista, además la socialdemocracia logró los peores resultados en la historia reciente. El panorama no es mucho mejor en el ámbito más cercano al ciudadano.

Los políticos son el tercer problema para España –después de la economía y el paro– según el barómetro de octubre del CIS. Se esperan debacles generalizadas en los distintos gobiernos que han aplicado planes de ajuste tras salvar el culo a los banqueros y otros especuladores autores de la crisis. Primero fue Islandia, luego Reino Unido.

¿España la próxima?

Por lo pronto la siguiente cita es municipal y autonómica, lo cual no es óbice para servir de pulsómetro del estado de ánimo de la ciudadanía.

Grecia bien podría sentar precedente con su abstención de hasta el 75% en las pasadas elecciones municipales.

Máxime cuando se trata de uno de los países de la Unión Europea con mayor participación electoral –normalmente más del 80% (El País, 26/11/2010).

¿Elecciones? Un parchecito…

Mucho ha llovido desde que la I Internacional se rompió por culpa de las elecciones. Después vendría la opción bolchevique del asalto al poder que, si bien sirvió para reducir las clases sociales, se quedó lejos de la utopía igualitaria cuando no desembocó directamente en una distopía de pánico. Ahora parece que volvemos al punto de hace 140 años, pero en vez de romperse el movimiento obrero, el electoralismo ‘amenaza’ si no con fracturar sí con restar fuerzas a los movimientos sociales.

La fragmentación ya llegó antes fruto del “muerta la lucha de clases, vivan muchas clases de lucha”. Visto lo impropio de la estrategia electoral en plena crisis de legitimidad de las instituciones, la cuestión parece ir por derroteros más posibilistas.

Es decir, montar candidaturas independientes de los más variados pelajes –rojos, verdes, violetas: en función del color que tiña la mayor parte del programa– para intentar resolver problemas puntuales y acuciantes.

Por lo tanto el debate ahora no es votar sí o no. Al fin y al cabo, incluso desde el anarquismo –movimiento anti-electoralista donde los haya–, se ha usado puntualmente el voto táctico.

Sino más bien hasta qué punto esa estrategia puede servirnos para esas reformas tan necesarias y apremiantes en muchos casos. Los riesgos, una vez rebatida la validez revolucionaria del electoralismo, serían: fracaso electoral, asimilación, agotamiento.

De existir un apoyo popular suficiente para la opción política en liza, su lucha probablemente hubiera tenido éxito por otras vías pues sabido por todos es que los cambios vienen de abajo, no de arriba.

No caigamos en el error de pensar que desde las instituciones pudiéramos parar ese proyecto desarrollista, acabar con la corrupción, lograr mejores planes sociales, etc. Pues si no lo hemos conseguido con la movilización, la acción directa, la desobediencia…

Difícilmente atesoraremos el suficiente apoyo electoral para ganar mayorías. Puede, sin embargo, que sí se dé, si no una mayoría de gobierno, sí una minoría bisagra. Nadie da sin recibir nada a cambio.

Y la contraprestación a ese mínimo de nuestro programa electoral será hacer la vista gorda con la mayor parte del mismo. Ahí es nada. Una vez hemos tragado con eso, el resto entra sin vaselina.

La tercera opción, más plausible por la experiencia reciente, es obtener una minoría de campanario, es decir que no hace más que replicar las políticas de la mayoría.

El trabajo que acompaña a toda representación: plenos, actas, negociaciones, comisiones…, supone un esfuerzo que pocos pueden asumir sin distanciarse de la realpolitik de la calle.

Las cabezas de lista suelen ser las personas más populares –y por lo tanto válidas– de modo que mientras metemos cabeza en la institución descabezamos el movimiento en aras de una eficacia que raramente fructifica en nada que no se pudiera conseguir por la vía de los hechos, acción directa, vaya.

En resumidas cuentas En plena crisis de legitimidad de las democracias representativas, apuros más que evidentes del capitalismo de mercado y tímido rearme social, parece evidente que la opción revolucionaria no pasa por el entrismo sino por empujar hasta el derrumbe.

Si aún así hay quien piensa que las elecciones pudieran servir para resolver algún asuntillo menor, la lógica nos lleva a pensar que no merece la pena mancharse las manos para tan poca faena. Dejemos la basura a los profesionales de la política.

12 marzo, 2011 - Posted by | ARTÍCULOS de OPINIÓN, DENUNCIA, DENUNCIA, POLÍTICOS, POLITICA | ,

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