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Enigmas libios

Enigmas libios

23.03.11 – 13:27 –
ENRIQUE VÁZQUEZ | MADRID
 
Un sentimiento de decepción, para decirlo suavemente, se ha apoderado de la crisis suscitada en Libia unos ocho días después de que el Consejo de Seguridad de la ONU autorizara el empleo de la fuerza allí para ‘defender a los civiles inermes’ que protagonizaban la versión local de la nueva “primavera árabe” frente al régimen del coronel Gadafi.
 
La decepción estriba en que la intervención militar amparada por la resolución no resultó inmediatamente suficiente y la situación sobre el terreno apenas cambió, con la excepción de que se pudo impedir lo que parecía inminente reconquista de Bengasi por el ejército libio que, y este es otro factor de la decepción, en general siguió leal al régimen y no asumió la rebelión, al contrario de lo sucedido en Túnez y Egipto, dos vecinos de Libia.
 
Es verdad que el Ejército libio es distinto, no tiene una tradición sólida ni mandos profesionales independientes y compite, de hecho, con los organismos de la seguridad del Estado, de base tribal y clientelar y, sobre todo, con la fuerza de élite de la guardia presidencial, técnicamente una especie de escolta de Gadafi y, de hecho, equivalente a lo que, por ejemplo, en Yemen o en el Irak de Sadam Hussein, se llamaba ‘Guardia Republicana’.
 
 Técnicamente, pues, y parece una contradicción, la ausencia de un ejército de línea en marcha sobre Bengasi y que habría sido destruido por la fuerza aérea (entre otras cosas por la mediocridad de la defensa antiaérea y la inexistencia de una aviación digna de ese nombre) ha complicado las cosas a la coalición: no hay enemigo a la vista y, por tanto, no hay posibilidad de entablar una batalla, ganarla y proclamar la victoria, contra lo que ocurrió en Irak en 2003: nadie podrá entrar en Trípoli con exiliados libios acarreados para la ocasión ni se podrá derribar una estatua de Gadafi (entre otras cosas porque no la hay, por cierto).
 
Una ofensiva en marcha, un progreso cierto hacia el desenlace previsto (que es, además, el ‘virtuoso’) es una parte esencial de la producción simbólica que debe proveer siempre una guerra victoriosa.
 
 Y su ausencia, por la fuerza de las cosas, complica gravemente el esfuerzo de la coalición, aparentemente destinada a prevalecer en el mejor de los casos en condiciones iconográficamente mediocres.
 
La debilidad estatal y militar del régimen, que se evidenció al no poder controlar durante semanas una rebelión de civiles espontáneos y casi desarmados, ha terminado por ser un problema para la coalición.
 
Rebeldes inclasificables
  
La opinión internacional pesó decisivamente sobre los gobiernos involucrados (el norteamericano con perfil bajo, una vez no son veces) en la tarea benéfica de ayudar a los libios en nombre de las necesidades psicológicas y los requerimientos morales de la gran retaguardia occidental-demócratica-liberal.
 
Los rebeldes dispusieron de una instantánea y legítima comprensión internacional y solo he podido encontrar –gracias a ‘The New York Times’– una opinión que quiso salirse del consenso, la del consejero del presidente Obama para la lucha anti-terrorista, John O. Brennan, quien reconoció en las reuniones previas al ataque que “el gobierno norteamericano apenas sabe nada de los rebeldes libios”.
 
Es natural que no lo sepa: tampoco los periodistas lo sabemos.
 
En los últimos años, quitando un par de docenas de universitarios libios que se han auto-exiliado en Occidente y escriben artículos políticos aquí y allá como expresión de siglas sin base conocida, ha resultado imposible encontrar algo o a alguien que pueda ser presentado objetivamente como la oposición libia.
 
Es imposible toda comparación con Irak (donde las rebelión chií y kurda y los partidos clandestinos, como al-Dawa y miles de exiliados muy activos en Teherán, por ejemplo eran un factor insoslayable). Por no hablar de Afganistán, donde los talibán son, ni más ni menos, la vieja resistencia pastún repartida con el vecino Pakistán, una segura retaguardia en Waziristan, muchos medios materiales y estable apoyo social en esas áreas.
 
La insignificancia material y la inanidad política de la oposición libia no la situaban, pues, como un factor decisivo en el escenario que se abría con la intervención.
 
Eso no la hace despreciable en el registro ético, desde luego, y los insurgentes, movidos por un deseo de cambio que merece simpatía y cordialidad, disponen de tal respaldo.
 
Pero es irrelevante en términos técnicos, si vale decirlo así.
 
Su escaso poder militar no cambia porque la aviación de la coalición haya podido establecer en un par de días una zona de exclusión aérea (una operación que no pasará a los anales de las proezas militares) y la ausencia de fuertes progresos sobre el terreno es, en realidad, la razón real del desconcierto reinante en las capitales afectadas por la situación.
 
El imperativo del éxito
  
Describe bien la situación el dicho atribuido al general McArthur, según el cual “no hay sustituto para la victoria”.
 
Sin cierto éxito rápido, la intervención militar podría convertirse en un riesgo político potencialmente letal para los dirigentes que insistieron mucho en imponerla (con Sarkozy en cabeza y David Cameron en segundo lugar), una hipótesis que parece plausible vista la decisión de Washington de abandonar la dirección del operativo.
 
El presidente Obama solo fue convencido in extremis por sus consejeros y por Londres y París de la necesidad de intervenir y su insistencia en subrayar que no habría en ningún caso invasión de la infantería y ocupación del país, fue completamente atendida.
 
Esa condición, compartida con los Estados de la Liga Árabe, que fingieron una adhesión al texto que resultó pronto compatible con ciertas críticas posteriores e inmediatas, y hasta ¡por la propia rebelión, que pareció conformarse con ayuda aérea, eso sí urgente, inaplazable!
 
Por lo demás, el consenso final en la Casa Blanca se alcanzó cuando, ante las dudas del Pentágono sobre la utilidad real de la versión más edulcorada del texto aprobado en la ONU, se pudo obtener el par de líneas cruciales por las que también podrán ser adoptadas “todas las medidas adecuadas para lograr el efecto buscado”… que seguía siendo la protección de la población civil.
 
Ni siquiera tácitamente se consideraba la posibilidad de matar al coronel Gadafi o defender la tesis del “cambio de régimen” y así lo recordó abruptamente Washington cuando el belicoso ministro británico de Defensa, Liam Fox, dejó entrever que si el líder libio estuviera a tiro, se podría considerar su eliminación.
 
¿Gadafi no y el régimen tampoco?
 
La benéfica conclusión que se impone en esta doble hipótesis es que la intervención busca un desenlace político sobre el terreno tras proteger a uno de sus actores, el bando ‘bueno’, del que, sin embargo, poco se sabe. Con la posibilidad de que se instale poco a poco, un escenario de guerra civil y punto muerto…
 
Todo muy imprevisto.
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24 marzo, 2011 - Posted by | libia

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