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El poder real del G-8

El poder real del G-8

Artículos | 31/05/2011 –

Pascal BonifacePASCAL BONIFACEDr. del Inst. de Rel. Internacionales y Estratégica
  • La cumbre del G-8 celebrada la semana pasada en la localidad francesa de Deauville se cerró en un clima de satisfacción general de sus participantes.

El anfitrión, Nicolas Sarkozy, ha obtenido un éxito en política interior evidenciando su estatura internacional ante un electorado francés que se muestra reticente frente a su gestión.

Su esposa ha podido mostrar sus primeras redondeces, y un nacimiento en el Elíseo es algo que por naturaleza emociona al público. Los ocho jefes de Estado y de Gobierno no expresaron desacuerdos y pudieron mostrar una unidad de buena ley ante los peligros actuales. Se ha instado a Gadafi a que abandone el poder, se ha lanzado una seria advertencia al presidente sirio, Bashar el Asad, se ha aconsejado a los países que apuestan por la energía nuclear que revisen sus protocolos de seguridad.

Y, por último, se ha prometido una ayuda económica a Egipto y a Túnez, para que las dificultades por las que atraviesan no les hagan descarrilar del proceso de transición democrática.

El desafío es importante: caída de las inversiones extranjeras, de los ingresos por turismo, acogida de los refugiados que han huido de la guerra civil en Libia… La crisis económica acecha a El Cairo y a Túnez. No hay que dejar que todo ello haga que el proceso democrático se vuelva impopular, con el riesgo de que ello alimente los extremismos.

Pero más allá de las sonrisas de circunstancia y de la satisfacción expresada por los participantes, quedan preguntas importantes. ¿Cuál es el poder real del G-8 en la actualidad? ¿Es todavía representativo del estado del mundo actual? ¿Cuáles son su legitimidad y su eficacia?

Hace todavía unos años, los altermundistas criticaban duramente al G-8 porque, según ellos, se erigía en el directorio ilegítimo del mundo. Hoy parecería que son sus límites y sus debilidades lo que más se hace notar. El G-8 es representativo de lo que se llamaba antiguamente el Norte (por oposición al Sur) o de lo que hoy en día podría ser su equivalente con la presencia de Japón y de Rusia, asimilándose desde un punto de vista estratégico al mundo occidental.

De un mundo que está a punto de perder el monopolio del poder que ejerce desde hace cinco siglos. No hay más que ver la parte relativa del PIB mundial de la que se beneficiaban sus miembros cuando fue creado este organismo a mediados de los años setenta (Rusia se sumó en 1998) y en la actualidad.

La idea de que el mundo occidental aún pueda dirigir él solo los asuntos mundiales, o al menos dar sus grandes orientaciones, choca con la realidad del incremento de poder de los países emergentes.

¿Alguien cree que los países que apuestan por la energía nuclear esperarán los resultados del G-8 para modificar su política de seguridad nuclear? ¿Alguien duda de que la impotencia del G-8 respecto al proceso de paz (o quizá de no paz) en Oriente Medio es cada vez más evidente? ¿Qué credibilidad se puede dar a un nuevo llamamiento a la paz en la región sin evocar medidas apremiantes?

La ayuda a los países árabes en transición democrática está económicamente a la altura de las capacidades del G-8. Sus miembros se han comprometido a poner en marcha una ayuda de 20.000 millones de dólares en los próximos años. Sin ser lo mismo, se ha establecido una comparación con la situación en los países del Este de Europa tras la caída del muro de Berlín.

No es del todo exacta. Estos países cambiaban al mismo tiempo de régimen político y económico, pasando de un sistema comunista a un sistema liberal. Egipto y Túnez cambian su sistema político, pero no el económico. La verdadera pregunta es saber si las promesas serán cumplidas realmente o si se producirá, como muy a menudo sucede tras las grandes cumbres, una gran diferencia entre el efecto del anuncio y las sumas que realmente se entregan. Puede parecer curioso que el G-8 se haya permitido prever una ayuda complementaria de 20.000 millones que serían a cuenta de los países del Golfo. Ciertamente disponen de los medios, pero ¿en nombre de qué el G-8 puede permitirse indicar a estos países el camino que seguir? ¿Acaso se cree habilitado para tomar decisiones por otros?

Existe un peligro si el G-8 da la sensación de querer arreglar él solo los problemas del mundo sin haber tomado en consideración los formidables cambios del panorama estratégico. ¿No será más difícil la concertación con los países emergentes si se transmite la impresión de un mundo occidental que está perdiendo velocidad pero que al mismo tiempo quiere dirigir los asuntos mundiales?

Rusia es, de hecho, la única auténtica ganadora debido a su actual doble condición de miembro del G-8 y del grupo de los BRIC.

El G-8 puede conservar una utilidad de concertación entre los países miembros, pero no debe dar la sensación de que decide por los demás.

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31 mayo, 2011 - Posted by | ARTÍCULOS de OPINIÓN, ECONOMIA, G-8 | , ,

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