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El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011 por Carlos Bayo

Carlos Enrique Bayo es redactor-jefe de Mundo en Público, ha sido corresponsal en Moscú (1987-1992) y en Washington (1992-1996), así como máximo responsable de Internacional en cinco periódicos distintos.

Ha actuado como enviado especial en los conflictos de Afganistán, Camboya, Oriente Próximo y Armenia-Azerbaiyán.

También ha cubierto eventos históricos como la caída del Muro de Berlín y la matanza de Tiananmen, entre muchos otros acontecimientos mundiales.

  • Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias.

Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”.

Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos.

Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave.

Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”.

Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera.

“El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak.

Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares.

Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España.

Con resultados bien poco rentables.

En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington.

En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy.

“El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU.

Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas.

El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración.

Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo.

Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley.

Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos.

Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia.

Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo.

“Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown.

“El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…).

El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar.

“Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después:

“Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí.

Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas.

Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día:

“Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…).

Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados.

Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S.

Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

fuente PUBLICO 

13 septiembre, 2011 Posted by | #11S | , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Los líderes talibán estarían dispuestos a romper con Al Qaeda para terminar la guerra

SEGÚN UN ESTUDIO DE LA UNIVERSIDAD DE NUEVA YORK
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Foto: © STRINGER AFGHANISTAN / REUTERS

LONDRES, 7 Feb. (Reuters/EP) –

Los líderes talibán afganos estarían dispuestos a romper con la red terrorista Al Qaeda para poner fin a la guerra de Afganistán, pero la política que aplica Estados Unidos está fomentando que haya milicianos cada vez más jóvenes y radicales y menos favorables a un posible acuerdo de paz, según un informe publicado este lunes por la Universidad de Nueva York.

El estudio, elaborado por los investigadores Alex Strick van Linschoten y Felix Kuehn, que trabajan en Kandahar, dice que los talibán podrían estar dispuestos a garantizar que el territorio afgano no es utilizado como base por grupos terroristas.

Sin embargo, las acciones emprendidas por Estados Unidos, como sus intentos de dividir a los talibán, “están haciendo cambiar a la insurgencia, creando sin querer oportunidades para que Al Qaeda alcance sus objetivos”, advierte.

Según el informe, la relación entre los talibán y Al Qaeda ya era tensa antes y después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, debido en parte a que sus raíces ideológicas son muy diferentes.

Al Qaeda se originó a partir del islamismo radical que surgió en Oriente Próximo, principalmente en Egipto, y, cuando se unió a la guerra contra los soviéticos en Afganistán, creó su propia versión de la ‘yihad’ (guerra santa musulmana) global.

Por su parte, los líderes talibán crecieron en el sur de Afganistán, una zona predominantemente rural, aislados de los acontecimientos internacionales. Muchos eran demasiado jóvenes para participar en la ‘yihad’ afgana y no tuvieron vínculos fuertes con Al Qaeda hasta 1996, cuando tomaron el poder.

“La relación entre Al Qaeda y los talibán durante la segunda mitad de los años noventa fue complicada y, a menudo, tensa”, afirman los expertos de la Universidad de Nueva York. “Estos dos grupos sabían poco el uno del otro”, añaden.

ATENTADOS DEL 11-S

Los dos autores del informe, que han publicado las memorias del ex embajador talibán en Islamabad Abdul Salam Zaeef, aseguran que los líderes talibán no sabían que se iban a cometer los atentados del 11-S. Según estos investigadores, los líderes talibán fueron manipulados por el jefe de Al Qaeda, Usama bin Laden, que se aprovechó de su falta de experiencia en asuntos internacionales.

Los talibán calcularon mal la reacción de Estados Unidos y pidieron pruebas de la implicación de Bin Laden en los atentados de Nueva York y Washington para poder decidir si lo entregaban para que fuese juzgado en otro país musulmán. “No hay duda de que, desde entonces y hasta ahora, los líderes han ido comprendiendo mejor el complejo mundo del islam político internacional y el coste de su política de hospitalidad”, dice el estudio.

“MATRIMONIO DE CONVENIENCIA”

Los autores consideran que la ruptura de las relaciones entre los talibán y Al Qaeda, una condición fundamental que ha puesto Estados Unidos para alcanzar un acuerdo que ponga fin a la guerra, no sería algo tan complicado como algunos creen.

“Los talibán dicen que no pueden mostrar públicamente sus diferencias con los milicianos extranjeros porque por ahora mantienen un matrimonio de conveniencia”, detalla el informe. Sin embargo, también han recalcado que no permitirán que Afganistán se utilice con fines terroristas y se han dado cuenta de la importancia que tiene esta afirmación para la comunidad internacional.

El estudio no precisa cómo deberían romper los talibán con Al Qaeda ni adónde irían los miembros del grupo terrorista si fuesen obligados a salir de la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán donde se refugian.

El informe también sugiere que, en un futuro, los talibán podrían estar dispuestos a colaborar con Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo internacional, aunque de momento su postura es que no negociarán mientras haya soldados extranjeros desplegados en Afganistán.

“Una opinión que sugirió en privado hace poco un destacado estratega político talibán es que las fuerzas talibán podrían llevar a cabo operaciones antiterroristas, incluidas operaciones conjuntas con las Fuerzas Especiales estadounidenses, contra Al Qaeda y, posiblemente, contra sus afiliados en la frontera entre Afganistán y Pakistán”, señala el estudio, que indica que esta idea “muestra una flexibilidad considerable por parte de los líderes talibán”.

Pero los investigadores advierten de que el hecho de que Estados Unidos intente acabar con comandantes talibán de nivel medio y que arreste a líderes talibán en Pakistán está perjudicando a los dirigentes más antiguos y favoreciendo el surgimiento de unos líderes más jóvenes y más próximos a Al Qaeda.

“Las nuevas generaciones son, potencialmente, una amenaza más seria. Estas nuevas generaciones de comandantes, que no recuerdan o recuerdan poco cómo era la sociedad afgana antes de la guerra soviética de los años 80, se mueven más por la ideología y son menos nacionalistas que las generaciones anteriores y, por tanto, menos pragmáticas”, explican.

8 febrero, 2011 Posted by | 1.-ISLAM, INTERNACIONAL, NOTICIAS | , , , , , | Deja un comentario